15 de septiembre de 2013

Los kurdos, Kurdistán y Turquía

Los kurdos, Kurdistán y Turquía

La resistencia de Taksim ha planteado, entre otras cosas, nuevas preguntas en cuanto a la suerte de la resistencia kurda que dura desde hace una treintena de años y ha costado la vida a alrededor de 35.000 personas. La cuestión es saber hasta qué punto un régimen que toma cada vez más un aire autoritario podrá satisfacer las expectativas de los kurdos.
En el curso de los cinco últimos años, una relación extraña se ha establecido entre la cuestión kurda en su totalidad y Turquía. De una parte, la autonomía del Kurdistán de Irak ha evolucionado hacia una casi independencia y la región ha entrado en un proceso de cuasi integración económica con Turquía; de otra parte, como consecuencia del comienzo de los combates en Siria contra el régimen de Assad, el Kurdistán del oeste ha adquirido de hecho un estatus de autonomía. Y por encima de todo, el mantenimiento del statu quo –la continuación del estado de conflicto de baja intensidad– en el Kurdistán de Turquía va cada vez más en contra de los intereses regionales del capitalismo turco. Todo esto ha obligado al AKP a orientarse hacia una solución al problema kurdo. La victoria de los kurdos no ha sido por tanto una victoria militar, sino más bien debida a que los equilibrios de fuerzas que habían jugado desde hace siglos contra ese pueblo han comenzado esta vez a cambiar a su favor.



El AKP emprendió en 2009, por medio de agentes del estado, negociaciones secretas con los representantes del PKK en Oslo, a fin de encontrar una solución al problema kurdo. Como consecuencia de este hecho inesperado, un pequeño grupo de la guerrilla atravesó simbólicamente la frontera sin sus armas, para entregarse a las autoridades. Los recién llegados fueron llevados ante los tribunales establecidos urgentemente en la frontera para salvar las apariencias y luego puestos en libertad. Sin embargo, la entusiasta acogida reservada a la guerrilla por enormes multitudes reunidas en los pasos fronterizos irritó a los círculos nacionalistas turcos y también a una amplia parte de la base electoral del propio AKP. Como consecuencia, el AKP dio marcha atrás. Luego tuvo lugar una gran ola de detenciones centradas en la rama civil no armada del movimiento nacionalista kurdo, el KCK (Unión de las Comunidades de Kurdistán): miles de miembros del KCK, entre los que se encontraban también los alcaldes de algunas ciudades, fueron encarcelados. De golpe, la situación empeoró y se volvió al punto de partida, es decir a la atmósfera de conflicto.
Afirmando que su partido tenía la mayoría de los diputados kurdos y la mayoría de votos en la región kurda (cuyos límites determina él mismo según le conviene), Erdogan declaraba que no reconocía otros interlocutores que él mismo – estando su partido representado por su jefe– para negociar el problema kurdo.
Pero el Partido de la Paz y de la Democracia (BDP) obtuvo un éxito considerable en las elecciones legislativas de 2011 y superó la barrera del 10% designando candidatos independientes. El BDP logró 36 diputados, de ellos tres socialistas no miembros del BDP en Estambul, así como un candidato conocido como islamista y un conservador en Diyarbakir. El partido logró así construir, en su región, una especie de frente nacional integrando a los islamistas y los conservadores en sus filas y apelando a los socialistas del oeste del país. A pesar del éxito del BDP, el AKP se seguía negando a admitirle como interlocutor. Y el BDP quería que el interlocutor fuera Ocalan, el líder encarcelado del PKK.
Con la retirada, en 2012, del ejército sirio del Kurdistán sirio, el PYD (una extensión del PKK) ha adquirido una influencia notable en la región. De repente, una región kurda autónoma de hecho en Siria se había juntado a la región autónoma del Kurdistán de Irak. El PKK a su vez declaró una guerra del pueblo revolucionario a fin de formar una zona liberada en Hakkari, pero esta iniciativa se saldó con la pérdida de un millar de guerrilleros.
Como consecuencia de estos acontecimientos, el gobierno turco comenzó a buscar medios para emprender, de nuevo, las negociaciones con el movimiento kurdo y se dirigió esta vez directamente a Ocalan. En efecto, las autoridades turcas sabían muy bien que Ocalan era perfectamente capaz de imponer un alto el fuego al PKK, algo que había demostrado ya en las negociaciones que emprendidas con las autoridades desde su detención en 1999, y en las negociaciones de Oslo. Por fin, una delegación del BDP, compuesta de tres diputados aprobados por el propio Erdogan fue enviada a la isla de Imrali donde está encarcelado Ocalan, y el proceso de las negociaciones recomenzó.
Según los términos del preacuerdo entre las partes, el PKK debía tomar la decisión de un alto el fuego y retirar sus fuerzas armadas del territorio de Turquía. En un segundo tiempo, habría una serie de enmiendas constitucionales y legislativas, comenzando por un estatuto particular para los kurdos. Luego, el PKK pondría fin a la lucha armada, y finalmente la situación actual de Ocalan sería revisada y mejorada; igualmente se crearían las condiciones que permitieran la reintegración a la vida normal de los militantes del PKK como ciudadanos.
Este acuerdo jamás fue hecho público por el gobierno, que no quería mostrarse como parte de las negociaciones. Se hablaba únicamente de “poner fin al terror”, de “detener el derramamiento de sangre” y se precisaba que era la Agencia Nacional de Información (MIT) quien había retomado y proseguía las negociaciones. En cambio, los kurdos se reclamaban abiertamente del proceso de negociación, subrayando que era la “dirigencia”, es decir Abdullah Ocalan, quien había tomado la iniciativa. Pero al margen de algunos artículos en la prensa, sigue sin haber un texto escrito que enumere abiertamente los términos y las condiciones del acuerdo. El hecho que los textos manuscritos redactados por Ocalan fueran entregados por los agentes del estado turco a los dirigentes del PKK en Europa y en Kandil, los cuales se han mostrado enteramente solidarios con su dirigente sobre la reanudación de las negociaciones, demuestra claramente que debe haber un plan más detallado.
Según las declaraciones de los portavoces del BDP, la segunda fase del plan –que necesitaría sin duda ciertos arreglos jurídicos– debería comenzar como consecuencia de la retirada más allá de la frontera de los militantes del PKK, lo que parece haberse desarrollado hasta el presente sin grandes problemas.
Quienes han permanecido al margen de este proceso de negociación –en el que están igualmente implicados los Estados Unidos y Barzani– expresan serias preocupaciones en cuanto a su resultado. Mientras que ciertos componentes del movimiento socialista se oponen claramente a un acuerdo con el AKP o adoptan al menos una posición neutra respecto al proceso, otros han planteado serias dudas sobre eventuales concesiones hechas por los kurdos (o más bien por Ocalan) al AKP a cambio de la concesión de un estatuto; aunque opinan que el proceso en sí es un desarrollo positivo y no tiene nada de inadmisible. Afirman que los kurdos serían susceptibles de apoyar el plan de Erdogan, que intenta establecer un sistema presidencial “a la turca”, a cambio de la concesión de una especie de autonomía mediante el reforzamiento de los poderes de las colectividades locales. Por el contrario, hay también otros que piensan que habría que apoyar el fin de la guerra y que los kurdos tienen el derecho a resolver su problema mediante el compromiso que les convenga.
Por otra parte, los temas de la “unión de los kurdos y los turcos”, y de la “fraternidad islámica” que Ocalan utiliza a veces en sus discursos, han comenzado a reaparecer con fuerza. El célebre sociólogo turco Ismail Besikçi (que ha consagrado toda su vida a defender los derechos del pueblo kurdo y ha pasado 17 años en la cárcel por sus estudios sociológicos sobre la realidad kurda) condena ese tipo de discurso. La publicación por la prensa, el 28 de febrero, de las actas de una entrevista de Ocalan con los diputados del BDP, así como su mensaje dirigido a los pueblos de Turquía (poniendo el acento en la “fraternidad islámica”; la “unión milenaria de los kurdos y los turcos”, así como en el “crecimiento de Turquía”, fórmulas que no van necesariamente de la mano con la línea ideológica y política del AKP) y que ha sido leída por los diputados del BDP ante una multitud reunida en Diyarbakir con ocasión de la fiesta del Newroz /1 ha molestado a quienes no se reconocen en una historia así, y más en particular a los Alevís. Habría que subrayar sin embargo que, en los años 1990, en una época en que el PKK era supuestamente más radical, Ocalan defendía un discurso similar en una entrevista con el periodista Cengiz Çandar, que le había visitado a propuesta del Presidente de la República de la época, Turgut Özal, uno de cuyos consejeros era Çandar.
La iniciativa tomada por el AKP de emprender negociaciones con los kurdos de cara a dar una solución al problema nacional, que nadie o casi nadie hasta entonces se había atrevido a intentar resolver, ha creado una atmósfera de alivio entre amplias capas de la población, tanto al oeste como al este del país. Desde el comienzo del armisticio de hecho, no se ven ya cadáveres de jóvenes soldados y guerrilleros. Un clima de gran esperanza reina en las ciudades del oeste y sobre todo en las del este. Pero esta esperanza por si misma no puede asegurar el éxito del proceso de paz.
Los kurdos no han sido vencidos. Al contrario, han logrado desarrollar su identidad durante los treinta últimos años. En el plano político, tienen ya una fuerza capaz de formar, desde hace dos legislativas consecutivas, un grupo parlamentario (mínimo 20 diputados) en la Asamblea Nacional; el movimiento kurdo que está en el poder, desde hace tres quinquenios, en la mayor parte de las colectividades locales de la región, y en particular en Diyarbakir, no se compone solo de la guerrilla de las montañas: se apoya ya en una enorme base civil sólida y participa en la vida cotidiana de la gente.
Por otra parte, es obligado constatar que se había llegado ya al límite de la lucha armada para lograr resultados significativos. Abdullah Ocalan afirmaba que era imposible obtener un éxito militar total, y decía esto no solo tras su captura, sino hace ya veinte años.
Mucho más que la prosecución de una lucha armada “hasta el final”, las reivindicaciones de quienes votan, ayudan y apoyan al movimiento, apuntan más bien a la enseñanza en lengua materna, la liberación de los detenidos, la normalización de la situación de quienes se encuentran en las montañas y, sobre todo, la mejora de las condiciones de vida. Desde este punto de vista, no hay que dudar en proclamar alto y fuerte que “venga de donde venga, ¡la paz es bienvenida!”
Hay que señalar sin embargo la existencia de un distancia seria entre las reivindicaciones kurdas y lo que el AKP está dispuesto a conceder, distancia que solo el prestigio personal de Ocalan entre el pueblo kurdo salva por el momento.
Inprecor nº 595-596 julio-agosto 2013
http://orta.dynalias.org/inprecor/a...

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